EXTENSIÓN CONTEMPLATIVA MÉXICO NORTE
 
EN EVENTOS CONSULTA LOS DETALLES DE LAS VISITAS DE FR. THOMAS KEATING O.C.S.O. Y SR. MARY MARGARET FUNK OSB A MONTERREY, MÉXICO
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

LA PASIÓN

POR EL P. THOMAS KEATING

DEL LIBRO EL MISTERIO DE CRISTO

 

La encrucijada es una de las experiencias críticas del camino espiritual. Nadie jamás experimentó esto al extremos que lo experimentó Jesús.

En el desierto Jesús había experimentado la condición humana tan concretamente como la experimentamos nosotros, o sea, a la luz de nuestros programas emotivos de infancia. A medida que la vida de Jesús se desenvolvía, se iba acrecentando la conciencia de su unión personal con el Padre. Al aproximarse el fin de su vida, nos reveló al Dios de Israel, no como el Dios de los ejércitos, Dios del miedo y totalmente fuera de alcance, sino como el Dios de compasión, como una Presencia que se inclina sobre sus criaturas con infinita ternura, afecto y deseo de proteger. A la vez vemos que Dios es firme en entrenar a sus hijos para que ellos puedan crecer y ser dignos del destino trascendental que El les ha preparado.

Nadie conoció jamás a Dios como lo conoció Jesús. El penetró las profundidades de la Suprema Realidad y reveló que esa vida interior del Ser infinito es una relación: una comunidad de personas compartiendo la vida infinita y el amor.

Jesús al avanzar en años iba identificándose más y más concretamente con su condición de ser humano. En el Huerto de Getsemaní tomó sobre si el peso de todos los pecados del mundo con todas sus consecuencias. Experimentó todos y cada uno de los niveles de soledad, culpa y ansiedad que ustedes, yo, o cualquier ser humano haya podido experimentar jamás. La totalidad inconcebible de toda la miseria humana acumulada, incluyendo el pecado y la culpa, vinieron a pesar sobre Él. Se dio cuenta que el Padre le pedía que se identificara con esa bajeza miserable en toda su horripilante inmensidad. Esto es lo que Jesús tan gráficamente expresa en palabras en el Huerto de Getsemaní cuando, después de pedirle a los apóstoles que hiciesen una hora de vigilia con Él, se alejó de ellos unos pasos y se postró al exclamar, -¡Padre, si fuese posible, aparta de mí este cáliz!- Al comprender de lleno la magnitud de lo que el Padre pedía de Él, que se alejase de Su Presencia a una distancia mayor de lo que cualquier otro ser humano lo hubiese hecho jamás, su agonía rebasó todos los límites imaginables. Al absorber esa sensación de separación de Dios en su propio ser: Jesús se convirtió en pecado. Así lo describe Pablo cuando nos dice “El que no había conocido pecado, se convirtió en pecado para nuestra salvación”.

Jesús no sabía cual de las dos alternativas escoger de la encrucijada ante la cual se encontraba, -¿Debo acaso convertirme en pecado y renunciar a mi relación personal con Abba?-, o bien -¿He de convertirme en pecado y así experimentar la separación del Ser que es mi vida entera?- Y su oración continua, -Pero que se haga Tu voluntad, Padre, no la mía-.

Tres veces repitió Jesús esta petición y mientras oraba sudó gotas de sangre manifestando la agonía increíble que le producía esta encrucijada.

El origen del temor de Jesús no era tanto la perspectiva de su sufrimiento físico, sino la inminente pérdida de su relación personal con Aquél que lo era todo para Él.

-¡Hágase Tu voluntad, no la mía!-, es la voz del amor infinito que Dios nos profesa, latiendo en el corazón de Cristo, perdonándolo todo y a todos. La debilidad infinita humana y el Amor Infinito Divino se unieron en la pasión y muerte de Jesús. Nuestra angustia pasó a ser su angustia.

Jesús se incorporó después de orar y regresó donde estaban sus discípulos y los encontró dormidos. No habría ningún apoyo humano para Él en su momento supremo de abandono y necesidad. En breves momentos todos los discípulos huirían, con excepción de uno. Pronto sería rechazado por su propio pueblo, condenado por las autoridades civiles y religiosas, víctima de insultos y de burla y crucificado entre dos criminales: En sus últimos momentos vería desintegrarse delante de sus propios ojos la labor de su vida.

Cuando ya Jesús llegaba al límite de su resistencia física en la cruz, exclamó, -Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?- Con estas palabras nos reveló que el acto de cargar con los pecados de toda la humanidad le había costado perder su relación personal con el Padre. Es la etapa final del camino espiritual de Jesús. La resolución de este dilema en el momento de la Resurrección, catapultó a Jesús en un estado más allá de la unión personal con el Padre, que había sido su vida hasta el momento de su separación. Mientras que su sacrificio le abrió las puertas a toda la humanidad para que pudiese disfrutar de la posibilidad de compartir la experiencia de la unión personal de Él con el Padre, a Él lo llevó a un nivel totalmente diferente. Su humanidad se glorificó hasta tal punto que pudo penetrar el corazón de todo lo creado desde su Fuente. Ahora se encuentra presente en todas partes, en lo más recóndito de la creación, trascendiendo límites de tiempo y de espacio y haciendo posible la transmisión de la Vida Divina hasta llegar a su realización final.

Su unión con el Poder Infinito de Dios fue lo que le dio la respuesta a Jesús en su dilema. Existe una solución para toda encrucijada. Sea como sea, sigue siendo una terrible crisis. En vista de una crisis así, uno puede optar por regresar a un nivel inferior de consciencia. Pero el que busca a Dios no caerá en esta tentación. La energía acumulada por vivir en situaciones aparentemente imposibles, eventualmente generará la resolución que sólo Dios conoce y que sólo Dios puede dar.